LIPSTICK DE SANGRE PARTE 3

domingo, 20 de septiembre de 2009


MIRADAS QUE MATAN

Después de haber dejado al que fue su conductor en un cuarto seguro, pensaría durante la noche como se desharía de él. Pues le seguía pareciendo muy atractivo y sabía que ella no le era indiferente; quizás podría quedarse con él.
Sonia se encontraba boca arriba y desnuda, observando el techo blanco de su casa vieja en la ciudad, la que no le agradaba mucho, en ella conservaba sus muebles viejos que le había dejado su madre de la cual no podía desprenderse. Muebles de madera carcomidos por la polilla y que crujían de noche reclamándole por sus berrinches de querer ser mujer y recordándole quien era en verdad.
Sus vecinas siempre la miraban con repulsión o quizás envidia pues en verdad era más atractiva que muchas de ellas.
Esa noche perdió por completo los estribos y se encontraba del otro lado, su libido había tocado lo más profundo e intenso de su ser. Ya no podía retroceder ni cambiar su presente, lo que hiso era solo el principio. Un cigarrillo y otro, y otro. Aún se mordía las uñas de gel, hacía tiempo que no lo hacía. Desde niño su hermana mayor le ponía ajo en los dedos para que no anduviera de goloso. Siempre andaba con algo en la boca y no lo entendió hasta que tiempo después su psicólogo le dijo que en su etapa oral le falto mamar pecho. Tampoco entendía como su madre prefería ver la tele a darle su leche, por eso cuando ocasionalmente lo hacía, este le mordía los pechos, Sonia se rio en secreto.
Por fin le llego el sueño, pero el sol estaba a un par de horas de asomarse, era hora de regresar a la casona a limpiarla y desaparecer el cuerpo. El agua estaba fría justo lo que necesitaba para despertar, mientras se duchaba recordaba como su cuerpo se estremecía al lado del que fue su hombre, - ¿porqué la engaño? – se preguntaba al mismo tiempo que oprimía con fuerza el jabón azul ya desgastado. Se arreglo como de costumbre todo tenía que parecer normal. Eligió sus botas negras con unos jeans mezclilla y un sweater rojo. Sería una mañana fresca y nublada.
Al regresar Sonia a la casona aun estaba oscuro, se detuvo, y antes de abrir la puerta se imagino que tal vez las sabanas ya estarían secas y que conservarían el rojo cereza, en cambio el cuerpo ya habría perdido su color rosado, el brillo en sus ojos y lo suave del cabello; y acariciaría por última vez el cuerpo frio. Quizás no estaría del todo descompuesto pues el proceso es más lento cuando este muere desangrado.
Repentinamente Sonia pelo los ojos y la sangre bajo hasta sus botas; descubrió que el cadáver no estaba; las sabanas si estaban secas y pintadas de rojo, pero la cama estaba vacía. Se acercó a la cama busco bajo la tarima, al otro lado, en el closet. – ¡¡Dónde está el cuerpo!! Gritaba por toda la habitación, estaba asustada. Alguien la pudo haber seguido y entró enseguida de que salió con Armando y recogió el cadáver, pero para que lo querrían. Pero le aterraba aún más pensar que no había muerto.- no, ¡¡es imposible!! - se decía tratando de calmarse, el sol hacía presencia e iluminaba la casona ligeramente.
Bajó las escaleras y buscó por toda la casa, cada rincón sin esperanza y confirmando sus sospechas puso atención en el piso, - ¡¡ huellas!! – grito asombrada y temblando. Saco sus cigarrillos para calmarse y pensar un poco. Había huellas de sangre de pies desnudos del nueve en partes de la casa. Por un momento se alegro por la vida del que le daba placer y lujos, pero era un hombre de carácter y vengativo. Eso sí que le aterraba. Buscó dinero y salió apurada de la casa.
Armando seguía vivo, recuperaba la consciencia pausadamente; su mente giraba al mismo tiempo que sus sentidos descompuestos, la sangre, el perfume, la voz, un golpe, el dolor y todas aquellas imágenes se estampaban de nuevo en sus ojos como pájaros ciegos. Se encontraba en alguna parte, pero en donde. Su cuerpo entumecido por la cinta gris le pedía respuestas aún no configuraba sus ideas. En donde podía estar? Qué le había sucedido?. Quien lo tenía preso aún lo quería vivo. Intento moverse pero estaba totalmente inmóvil y cansado.
La puerta se abrió de un golpe derribando un marco de la pared. Era Sonia, Armando conocía ese aroma. Ella parada en la puerta pensando que hacer con él. Al verlo ahí tumbado en el piso no pudo resistirse salió.
Regresó y se arrodillo a su lado, le tomó de la cabeza con cuidado colocándola sobre sus rodillas y quitó la cinta de su boca. Sus miradas se encontraron de nuevo, aunque eran otras las circunstancias se miraban de la misma manera. Los labios de Armando estaban secos y adoloridos, pero Sonia no tardo en humedecerlos con su índice, eran gruesos y rojizos. Le dio agua y le pidió disculpas con la mirada. Armando estaba aún más confundido, pero ya no tenía miedo.

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